“¡No temáis! ¡Abrid las puertas a Cristo!”

 

 

Dicen que la talla de las personas empequeñece con el transcurso del tiempo. Sin embargo, es difícil pensar que la figura de Juan Pablo II no será recordada durante siglos como una de las personas más influyentes de su tiempo y uno de los pontífices más importantes de toda la historia. Como si de una visión premonitoria se tratara, la película de 1968 "Las sandalias del pescador" nos transportaba al nombramiento del primer Papa procedente de un país comunista mostrándonos las históricas consecuencias que de este hecho se derivarían. Una década después, la realidad -como casi siempre- superaba a la ficción con el nombramiento del primer Papa polaco y no italiano en casi cinco siglos. Semejantes antecedentes hacían presagiar que el desconocido Karol Józef Wojtyla no sería un pontífice anodino. Y así fue.

 

Mucho antes de revelar su vocación, el joven 'Lolek' conoció el terror de los totalitarismos Nazi y Comunista que invadieron su país. Al primero lo combatió desde la clandestinidad; al segundo desde los más altos puestos de la jerarquía eclesial. En ambos casos corrió peligro su vida, y en ambos -como en casi todo lo que hizo- puso todo su empeño y todo su amor al servicio del bien de sus semejantes. En 1981, por considerarle una grave amenaza los servicios secretos soviéticos decidieron acabar con su vida de la mano del turco Alí Agca, quien le propinó varios disparos durante una audiencia pública en el Vaticano. El Papa resultó gravemente herido pero pudo salvarse, convencido de que "fue la mano de la Virgen la que desvió la bala". En su primera aparición semanas después, Juan Pablo II perdonó públicamente al autor del atentado, a quién tiempo más tarde incluso iría a visitar en la cárcel. En 2002 no dudó tampoco en viajar a Bulgaria, país cuyos servicios secretos estuvieron implicados en el intento de asesinato, en donde afirmó que no guardaba ningún rencor al pueblo búlgaro. A pesar de que el atentado fue el comienzo de sus continuos problemas de salud, y de que probablemente aquél le restó varios años de vida, Juan Pablo II no cejó en su empeño de promover su mensaje. Al contrario, siempre consideró que Dios le había salvado aquel día para que prosiguiera desarrollando su misión.

 

Su actitud y perseverancia contribuyó de manera fundamental al fin de un horror que amenazaba con arrastrar a toda la humanidad. Solo estos hechos ya bastarían para situarle en un puesto destacado entre las figuras históricas del siglo XX. Sin embargo, sería injusto decir que su aportación universal se redujo únicamente a combatir el comunismo, principalmente porque su contribución -aunque importantísima por cuanto que reclamaba ante las masas el fin de las dictaduras- era limitada y fue la acción conjunta con varios líderes y situaciones la que desembocó finalmente en el desplome soviético.

 

Lejos de quedarse en eso, Juan Pablo II prosiguió con las reformas auspiciadas en el concilio Vaticano II. Mantuvo firme el rigor conceptual del dogma cristiano y no dudó en combatir las desavenencias surgidas que amenazaban a la Iglesia incluso desde su propio interior (teología de la liberación, cisma de Marcel Lefevre). Mención aparte merecen sus aportaciones teológicas y sociales a la Iglesia. Durante su vida dedicó muchas horas a la filosofía y al estudio de la teología. Escribió 14 encíclicas (algunas de marcado carácter social) y confeccionó el Nuevo Catecismo de la Iglesia. Además como Papa publicó una decena de libros de contenidos dispares, desde fundamentos de su mensaje hasta poesías escritas en su juventud. Puede decirse, casi con total seguridad, que Karol Wojtyla ha sido el Papa más intelectual y con mejor preparación de la historia. Como miembro de una familia obrera, defendió siempre los derechos de los más pobres, criticó las formas materialistas del capitalismo feroz y se erigió en firme defensor de la vida y dignidad de las personas: recalcó la importancia de la familia y condenó sin paliativos el racismo, el aborto, la eutanasia o la clonación humana.

 

También dirigió sus esfuerzos a lograr el acercamiento entre las religiones, de las que decía que perseguían en esencia todas ellas el mismo fin. En primer lugar entre los distintos credos cristianos ("la desunión es el mayor escándalo de los cristianos"). Estrechó relaciones con las iglesias anglicana y protestante (levantando la excomunión a Lutero tras 5 siglos). Con la iglesia ortodoxa realizó sendos acercamientos, aunque estos no pudieron culminar en una visita a Rusia que hubiera resultado histórica. Respecto a otras religiones, en 1986 organizó en Asís el primer encuentro mundial de líderes religiosos que reunía a representantes de las distintas confesiones cristianas, islámica y judía, así como de otros cultos más minoritarios. Juan Pablo II se convirtió en el primer papa en pisar una mezquita y en recibir en el Vaticano a diversos líderes islámicos. Para la historia quedó también el viaje a Tierra Santa que aún tuvo tiempo de realizar en 2000, donde pidió perdón por todas las persecuciones de judíos que fueron amparadas por la Iglesia a lo largo de la historia. Precisamente el pedir públicamente perdón por los errores de la Iglesia fue una de las constantes durante gran parte de su pontificado.

 

Consciente de su misión de predicar el mensaje de Cristo a todo el mundo, se embarcó en una serie de viajes que le llevaron a visitar la práctica totalidad de los países del globo. A lo largo de 26 años realizó más de 100 viajes (cubriendo más kilómetros que todos los demás papas de la historia juntos) y se calcula que más de 20 millones de personas en todo el mundo pudieron escuchar directamente de su boca su mensaje de amor y esperanza, casi siempre además, predicado en la propia lengua local -hablaba con fluidez 8 idiomas distintos-. Incluso fieles de países privados de libertades como Polonia en 1979 o Cuba en 1998 disfrutaron de su presencia en sus tierras. Ha sido el pontífice más mediático de la historia, aprovechando incluso las nuevas tecnologías para llegar a los oídos de la mayoría de la población mundial.

 

Perseguidor incansable de la Paz, rechazó siempre la violencia en cualquiera de sus formas. Dirigió muy especialmente su mensaje a los jóvenes del mundo, de quienes dijo que eran "su última esperanza" y les exhortó a seguir su ejemplo de determinación y su propio sacrificio, combatiendo sus problemas de salud con una vitalidad y energía impropias de su edad. Pocas veces el idealizado deseo de construir un mundo mejor ha sido promulgado con tanta pasión y acogido por tanta admiración en millones de corazones, creyentes o no.

 

Ni siquiera al final de su pontificado, cuando las enfermedades (padecía problemas lumbares, circulatorios y parkinson, y apenas podía caminar) y la edad casi habían borrado el rostro de deportista que había mantenido hasta bien iniciado su mandato, su voluntad permanecía inalterable como testigo de sus convicciones. En su última visita a España (2003) afirmó ante medio millón de jóvenes reunidos en Madrid que "tras todos estos años, echando la vista atrás os puedo asegurar que merece la pena dedicarse a la causa de Cristo".

 

Ya en sus últimas horas de vida tuvo recuerdo para los jóvenes, a quienes agradeció que compartieran su sacrificio, y apunto de morir aún tuvo fuerzas para pedir que el mundo siguiera su ejemplo y depositar su destino "en manos de Dios y María".

 

No me cabe duda de que vivió siempre acorde con unos principios fuertemente enraizados, y que los mantuvo hasta el último momento. Más allá del alcance de su mensaje y de la repercusión de sus acciones, creo que el legado más importante que nos dejó fue el testimonio de su propia vida, que quedará como ejemplo del sacrificio hasta el límite y del amor hacia todas las personas sin distinción de ningún tipo. Un modelo que probablemente servirá de referencia durante siglos a todo el mundo y muy especialmente a los cristianos, a quienes la existencia de este hombre ha llenado de orgullo.

 

Dios lo envió en unos momentos en que más lo necesitaba la humanidad, y Juan Pablo II  respondió perfectamente a la confianza que se depositó en él. A buen seguro que su sombra será alargada sobre sus sucesores durante mucho tiempo.

 

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